


Presentación, por Edmundo
Mi nombre es Edmundo. Hace veinte años, en mi temprana juventud, en ese momento por el que pasamos todos aquellos que tenemos inquietudes intelectuales, en que el camino de la vida parece tener más bifurcaciones que certidumbres y el entusiasmo de lo que se va descubriendo nos permite todavía sobrellevar las perplejidades que dicho panorama acarrea, di casi por casualidad con una breve crítica cinematográfica publicada en una entonces celebrada revista de historietas. Dicha crítica, en primer lugar, elogiaba una película que me gustaba mucho y que, sin embargo, a los ojos de las rutinarias reseñas periodísticas, como así también para mis compañeros de ruta intelectual, era pasatista y superficial; pero, en segundo lugar, y más importante aún, prescindía de todas las vaguedades subjetivas en las que los periodistas, mis compañeros y yo mismo nos basábamos para elogiar o defenestrar una obra. Esta crítica, y las siguientes, que leí con creciente interés y con detenimiento, tenían la particularidad única de disponer de un método coherente y objetivo para analizar una obra, ya fuera fílmica o literaria, método que en seguida se me presentó como universal, honesto y, por lo tanto, desprejuiciado, en el mejor sentido de la palabra. Esta ausencia de prejuicio es lo que le permitía a esas críticas ser, justamente, juiciosas, y en dichos juicios cada obra debía responder por lo que ella misma proponía, por lo que de ella se desprendía.
Mi afán por ahondar en ese método que me ayudaba a entender más y mejor el cine y los libros de mi interés me hizo anotarme en cuanto seminario público que Ángel Faretta, el autor de estos escritos, por aquel entonces dictaba, para finalmente tomar clases privadas con él. La influencia de este aprendizaje del fin de mi adolescencia es inconmensurable, ya que gracias a esto pude hacer intensamente propias las experiencias ajenas de muchos grandes artistas, y por lo tanto vaya uno a saber cuánto, con seguridad mucho, esta experiencia incorporada me ha ayudado a transitar más acertadamente los tramos siguientes del camino de la vida, en el que he tenido más armas intelectuales para defenderme.
Así las cosas, el tiempo me fue llevando luego por otros rumbos, en los que siempre tuve presente y apliqué esa teoría estética aprendida, aun habiendo perdido el contacto con Faretta, por quien siempre conservé el mejor aprecio y gratitud, pero poco sabía de su producción actual, ya que no publicaba más críticas en los medios. Así, hasta que, hace unos meses, un día que ahora creo no azaroso, cuando yo me encontraba en aquel momento y edad que Dante llama "la selva oscura", tuve la felicidad de dar simultáneamente con dos libros recién publicados por él, uno de cuentos titulado El saber del cuatro, y un resumen de su teoría fílmica con el nombre de El concepto del cine. De la lectura del primero, al que por razones de tiempo y espacio no me dedicaré aquí, puedo decir que me gratificó comprobar que un teórico de la estética podía construir una estética propia consecuente con su camino anterior; de la lectura del segundo, descubrí que la teoría estética no estaba aún completa en aquellos, nuestros años mozos (que lo eran también para el mismo Faretta), y que los pasos futuros requerían un constante preguntarse y revisar lo anterior con el fin de perfeccionar más aún nuestra capacidad de comprensión y, lo que es igual decir, incrementar nuestra lucidez.
Tímidamente me aventuré a contactar a Ángel después de tanto tiempo, y retomé sus clases con el mismo y novedoso entusiasmo de dos décadas atrás. Esta vez, le pedí permiso para registrar algunas de nuestras conversaciones con él y con Juan, otro alumno de la misma época que yo, con el fin de publicarlas en la Web. Espero sean del agrado, el interés y la utilidad de los muchos admiradores de sus teorías, y que ayuden a difundir su invalorable aporte para superar la cortedad intelectual que padece el mundo en estos días.
He aquí dichos diálogos que deseo, como diría Martín Fierro, no sean para mal de naides, sino para bien de todos.